Yersinia pestis, la causa de la Primera Pandemia, sigue siendo una amenaza para la humanidad
La combinación de reservorios animales duraderos, latencia ambiental y movilidad humana crea condiciones para reintroducciones, incluso en países desarrollados
La peste, causada por la bacteria Yersinia pestis, ha generado tres grandes pandemias históricas. La Primera Pandemia fue la Plaga de Justiniano, que comenzó en el 541 d. C. y se extendió hasta ccerca del 750 d. C.; la Segunda Pandemia correspondió a la Peste Negra en el siglo XIV y sus recurrencias hasta el siglo XVIII; y la Tercera Pandemia, iniciada en China a fines del siglo XIX, que a diferencia de las dos anteriores, se considera que aún no ha terminado.
El trabajo de Adapa y col. publicado en Genes (2025) aporta la primera evidencia genómica directa de la asociación de Y. pestis con la Primera Pandemia en el Mediterráneo oriental, a partir de una fosa común de Jerash, actual Jordania. El equipo combinó cribado proteómico y secuenciación de DNA antiguo (aDNA) de pulpa dental, un tejido altamente vascularizado, estrategia necesaria porque la peste no deja lesiones óseas específicas. Este enfoque confirmó múltiples genomas de Y. pestis en individuos de la fosa y mostró aislamientos muy similares, una señal de que un único clon causó un episodio de transmisión rápida y localizado. Filogenéticamente, la cepa de Jerash se agrupa con otros genomas de la Primera Pandemia y representa el primer genoma recuperado en la región epicentral, cerrando una brecha geográfica y temporal clave en el registro arqueogenético.
En cuanto a determinantes de virulencia, la cepa antigua porta ymt, el factor de transmisión por pulgas, pla y el antígeno capsular F1, todos compatibles con transmisión vectorial y patogenicidad en humanos. En conjunto, estos hallazgos reafirman que Y. pestis fue el agente de la Primera Pandemia y documentan su llegada temprana a una gran ciudad de la Antigüedad tardía en el Mediterráneo oriental.
Por otra parte, un artículo de Pathogens (2025) complementa y amplía ese resultado, al mostrar que Jerash ofrece la primera evidencia genética directa acerca del epicentro histórico y llena un vacío histórico entre los genomas recuperados en Europa occidental, generalmente entierros individuales, y el evento masivo de transmisión temprana en una gran ciudad del Mediterráneo oriental, lo que permite entender mejor cómo comenzó y se expandió la pandemia.
A escala macroevolutiva, el trabajo en Pathogens analiza genomas antiguos y modernos de Y. pestis para trazar su historia evolutiva. Concluye que las grandes pandemias surgieron de reservorios locales distintos, no de una sola línea global. Los cambios genéticos se aceleraron en épocas de intensa transmisión humana y se enlentecen en periodos de reposo. Además, los reservorios animales y ambientales actúan como depósitos donde la bacteria puede permanecer latente durante siglos y luego reactivarse con brotes explosivos en poblaciones densas.
Otro aporte central es el análisis del rango de hospedadores: en la Prehistoria, la Primera y la Segunda Pandemia, los genomas solo se han recuperado de restos humanos, sin aislamientos concomitantes en animales o ambiente, lo que sugiere cadenas de transmisión predominantemente humanas durante esos periodos; en cambio, las líneas modernas abarcan humanos, animales y ambiente, reflejando ciclos enzoóticos que sostienen la endemia y la reaparición esporádica.
Ambos trabajos ayudan a entender por qué la peste persiste en el siglo XXI. El estudio en Genes recuerda que la Tercera Pandemia continúa hoy como endemia con brotes anuales; esto implica vigilancia continua más allá del mundo en desarrollo. Pathogens detalla la estructuración regional de linajes modernos y señala su presencia también en Norteamérica y Madagascar, ilustrando que los reservorios pueden sostener casos esporádicos en países de altos ingresos y de ingresos medios. Entre ellos, el brote ocurrido en Buenos Aires, Argentina, en 1946.
En términos prácticos, la combinación de reservorios animales duraderos, latencia ambiental, viajes y movilidad humana crea condiciones para múltiples emergencias independientes desde reservorios regionales, y patrones de reactivación que alternan dormancia enzoótica y aceleración evolutiva durante olas pandémicas.
Estas dinámicas explican su persistencia contemporánea, incluidos casos en países desarrollados, y la necesidad de una vigilancia eco-epidemiológica que integre arqueología, genómica y ecología de reservorios.