Mosquitos, micropredadores con múltiples sentidos
Los mosquitos logran localizar a su presa combinando señales químicas, térmicas, visuales y mecánicas
Una interesante revisión sobre la capacidad sensorial de los mosquitos hembra, realizada por Craig Montiell, del Neuroscience Research Institute, University of California, Santa Barbara, ha sido publicada recientemente en Trends in Parasitol. (2025).
Los mosquitos hembra son los micropredadores más peligrosos para los humanos. Su éxito radica en la integración multisensorial: combinan señales químicas, visuales, térmicas y mecánicas para localizar y picar a sus hospedadores. Esta capacidad sostiene la transmisión de enfermedades como malaria, dengue, fiebre amarilla, Zika, chikungunya, encefalitis japonesa o fiebre del Nilo Occidental. Según las distancias, los mosquitos hembra ponen en acción los diferentes mecanismos que les permiten detectar a sus presas.
A distancias largas, de 1 a 15 m, el dióxido de carbono (CO₂), los olores de la piel y la visión, son sus principales mecanismos de detección.
El aire exhalado por los humanos tiene 4% de CO₂, unas 100 veces más que el nivel atmosférico. Los mosquitos detectan los pulsos intermitentes con neuronas olfativas especializadas alojadas en las sensilas del palpo maxilar, donde se alojan receptores gustativos (Gustatory Receptors, GR), que funcionan como receptores olfativos. Los olores de la piel provienen de la microbiota cutánea que metaboliza sudor y secreciones, liberando compuestos volátiles, como ácido láctico, amoníaco y ácidos carboxílicos.
Diferencias en la microbiota explican por qué algunos humanos son más atractivos para los mosquitos que otros. Los ojos compuestos, formados por cientos de ommatidios, les permiten detectar siluetas y movimiento hasta 15 m. Aunque la resolución es baja, los mosquitos integran visión con CO₂ y olores. Aedes aegypti muestra preferencia por colores que imitan tonos de piel (rojo, naranja, cian), pero solo tras percibir CO₂. Los opsinas Op1 y Op2 son esenciales para la fototransducción y la atracción visual guiada por CO₂.
A distancias de 0,7 a 0,8 m, su principal arma es el infrarrojo térmico (IR). Nuestro cuerpo emite, a 34 °C, radiación IR con un pico en 9,4 micrones. Los mosquitos la captan con sensilas coelocónicas en la antena distal. El receptor clave es TRPA1 (Transient Receptor Potential1). A baja intensidad de IR, las moléculas de opsina Op1/Op2 amplifican la señal para activar TRPA1. Este sistema es eficaz aun con viento, pero pierde utilidad si la temperatura ambiental se acerca a la corporal.
Cuando se trata de la detección a corta distancia, menos de 10 cm, la convección de calor y la humedad son las principales señales. El aire caliente que emana de la piel activa neuronas sensoriales especializadas en las antenas, células sensibles al calor (warming cells) promueven la atracción. Las células sensibles al frío (cooling cells) inducen repulsión. Por otra parte la piel genera humedad en forma de microgradientes de vapor de agua. En ese contexto, neuronas de tipo moist y dry en sensilas antenales detectan aire húmedo o seco, respectivamente.
Cuando la hembra entra en contacto, debe decidir si perfora y se alimenta. En esta situación entran en juego la conducción de calor, el gusto y la distinción entre sangre y néctar. Las patas delanteras y medias evalúan la temperatura de la superficie cutánea. Las sensilas gustativas detectan compuestos no volátiles, como sales, aminoácidos, ácidos grasos y amonio. Algunos estimulan la picadura, otros la inhiben. El labrum, uno de los seis estiletes perforadores, contiene neuronas que reconocen nutrientes sanguíneos y no responden a azúcares de néctar, asegurando que la hembra se alimente correctamente para madurar huevos.
Un hallazgo clave es que la pérdida de un sentido puede potenciar otros. Esto sugiere redes sensoriales interdependientes y plantea nuevos blancos para control vectorial: inhibir simultáneamente varias modalidades podría ser más eficaz que bloquear solo una.
Conocer los múltiples mecanismos que utilizan los mosquitos tiene implicancias epidemiológicas y biomédicas. Con alrededor de 350 millones de casos y 700 mil muertes anuales por enfermedades transmitidas por mosquitos, entender su arsenal sensorial es crítico para la salud pública.
El control vectorial podría mejorarse con técnicas de biotecnología como CRISPR-Cas9, que hacen posible editar genes sensoriales en mosquitos vectores, lo que abre la puerta a generar cepas incapaces de localizar humanos. Moléculas que sobreestimulen o bloqueen receptores clave podrían ser los repelentes de próxima generación.
Del análisis realizado por el autor se desprende que los mosquitos emplean un arsenal multisensorial jerárquico. Cada modalidad está respaldada por receptores moleculares específicos cuya identificación abre oportunidades para estrategias innovadoras de control.
Sin embargo, muchas preguntas siguen abiertas: ¿cómo detectan ATP o aminoácidos en la sangre? ¿Cómo localizan eficazmente las venas bajo la piel? ¿Qué señales les indican que están completamente saciadas? Responder estas preguntas podría llevar al diseño de intervenciones que reduzcan la carga mundial de enfermedades vectoriales.