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Emergencia de infecciones fúngicas resistentes

Los antifúngicos usados en distintos sectores constituyen micropoluentes persistentes

La reciente perspectiva de A one health roadmap towards understanding and mitigating emerging Fungal Antimicrobial Resistance de Fisher MC y col. (2024) alerta sobre la amenaza de la resistencia fúngica (fungal Antimicrobial Resistance, fAMR), tanto para la salud humana y animal, como para la seguridad alimentaria y los ecosistemas. El artículo propone una hoja de ruta integral, basada en el paradigma One Health, para contener un problema impulsado por el uso masivo y poco coordinado de fungicidas en agricultura, medicina, industria y hogar.

Los autores señalan que las micosis causan alrededor de 2,5 millones de muertes anuales y más de 6,5 millones de casos graves, generando entre 8 y 49 millones de DALYs (Disability-Adjusted Life Year). El número crece a la par de los aislamientos multirresistentes de Candida auris, cepas azol-resistentes de Aspergillus fumigatus y dermatofitos como Trichophyton indotineae, todos clasificados como de prioridad 1 por la OMS (Organización Mundial de la Salud) en su lista de patógenos fúngicos críticos.

Existen tres impulsores ecológicos y antropogénicos de la fAMR: un esquema de producción agraria donde se combinan monocultivos y fungicidas single-site, con ventas mundiales de azoles en aumento; la presencia de los llamados compuestos espejo, es decir, sustancias químicamente idénticas o muy similares a los antifúngicos usados en medicina humana, pero aplicadas en productos industriales o domésticos no terapéutico, como pinturas antimohos, maderas tratadas y productos de cuidado personal; y el cambio climático que amplía nichos térmicos para patógenos termotolerantes.

De esta forma, los antifúngicos usados en distintos sectores constituyen micropoluentes persistentes que, al tener una vida media (DT₅₀) superior a 100 días, permanecen activos en el ambiente, generando una presión selectiva constante sobre los hongos, que favorece el desarrollo y propagación de cepas resistentes.

Las cuatro clases de antifúngicos disponibles en medicina, polienos, azoles, equinocandinas y pirimidinas, ya enfrentan mecanismos de escape en los hongos. El vínculo medioambiente-clínica se observa en pacientes que adquieren aspergilosis azol-resistente antes de cualquier terapia. De forma análoga, la rápida expansión mundial de C. auris refleja el contagio nosocomial, sumado a que puede sobrevivir mucho tiempo en superficies hospitalarias, lo que lo convierte en un reservorio persistente.

Se plantean cuatro áreas de acción interdependientes, como integrar el desarrollo de antifúngicos, la evaluación de riesgo y la política; modernizar la vigilancia de la fAMR desde la perspectiva One Health con genómica fúngica global y redes que integren WGS, paneles PCR rápidos y sensores de esporas en agricultura y hospitales; definir y controlar hotspots de generación de resistencia, como las plantas de compostaje, los lodos residuales y los efluentes hospitalarios que concentran antifúngicos; entender motores sociales y económicos, como el uso indiscriminado de cremas que combinan corticoide, antifúngico y antibacteriano, lo que favorece T. indotineae, o la presión por rendimientos agrícolas que empuja a fungicidas de amplio espectro.

Las prioridades transversales consistirían en innovar en terapias, como el uso de fungicidas combinados o multiblanco o inhibidores de enzimas fúngicas con baja dualidad clínico-agrícola; reforzar el diagnóstico, con pruebas point-of-care y secuenciación Nanopore que detecten diferentes mutaciones en el mismo ensayo; crear biobancos y compartir datos de repositorios de cepas resistentes para I+D y plataformas de acceso abierto; y comunicar riesgo al público y agricultores, con campañas sobre uso correcto de antimicóticos tópicos y manejo de residuos orgánicos.

El mensaje central de los autores se centra en que la resistencia antifúngica no conoce fronteras disciplinarias ni geográficas y solo la coordinación entre sectores permitirá preservar el arsenal terapéutico, asegurar la producción de alimentos y proteger la biodiversidad frente a la creciente marea fúngica resistente. De lo contrario, el futuro podría replicar la crisis bacteriana de los antibióticos, pero con menos herramientas disponibles y consecuencias igual de graves.